domingo, 16 de septiembre de 2018

Después Del Terremoto

En estado de shock por el terremoto que había ocurrido apenas hacía unos días, sentada frente al edificio que había sido su hogar desde que tenía memoria, se preguntaba si podría seguir viviendo ahí, si sería posible su reparación o si de plano habría que demolerlo. Los inquilinos ya habían emigrado y no se les vería más por ahí. Pero ella era de ahí, éstos eran la casa y el barrio en que había crecido, no podía imaginar la vida en otro lado.

Miraba el edificio acordonado, lo veía lúgubre y desierto, le hacían falta esa vitalidad y ese bullicio del pasado. La sacudida había sido tremenda, vagamente recordaba el terremoto anterior que hoy parecía juego de niños frente a éste. Su mente daba vueltas sin sentido: no oía a la gente que le expresaba sus condolencias y le ofrecía ayuda; revivía aquellos momentos de locura; veía de nuevo como la gente perdía la cabeza y salía despavorida; recordaba el lento transcurrir del tiempo mientras alrededor, todo caía; luego pensaba en los heridos y en los muertos, y se sentía verdaderamente afortunada de estar ahí, viva, viendo todo desde afuera.

No estaba segura si habían pasado horas, días o semanas pero finalmente había salido de su letargo. Sin una razón que lo explicara, de repente tomó conciencia de que tenía lo necesario para planear la reconstrucción y de que era hora de tomar el toro por los cuernos. La tarea no sería fácil, aunque en su momento de esplendor había sido motivo de elogios internacionales, hoy ya no ofrecía ni una sobriedad decimonónica ni el glamur del art decó ni una funcionalidad moderna, hoy no era más que un cascarón feo, obsoleto y disfuncional. Se preguntaba por qué lo habían dejado deteriorar de esa manera, por qué no habían aprendido del terremoto anterior.

Comenzó  a reunirse con vecinos para recopilar opiniones y proponer alternativas. En arduas sesiones de trabajo formularon proyectos viables. Luego vino la frustrante etapa de alcanzar acuerdos: a veces quería salirse de una junta, a veces quería estrangular a más de uno, a veces quería abandonarlo todo. Pudo haber colaborado manteniéndose al margen de la intriga pero un ancestral espíritu de lucha le impedía poner en manos ajenas su destino. Terminaba exhausta pero a la mañana siguiente, desde lo más profundo de su ser surgía una fuerza instintiva que la obligaba a sobreponerse a la adversidad.

A pesar de todo su esfuerzo, no había logrado un consenso, ni siquiera una mayoría, pero se hizo necesario convocar a una asamblea. Frente a otras propuestas, algunas descabelladas, otras no tanto, su proyecto proponía modernizar la estructura, la funcionalidad y la imagen del edificio para promover una convivencia armónica y recuperar la vitalidad de antaño. Ganar la votación no sería suficiente, el gran reto sería conseguir apoyo general para implementar su proyecto sin parches ni componendas. ¿Pero cómo combatir tanta indolencia? había demasiada dependencia en soluciones desde arriba, demasiada comodidad sin gran esfuerzo, demasiada confianza en apoyos oficiales, demasiadas añejas rencillas personales.

Sería el momento más difícil de su vida, su patrimonio estaba en juego. Se sentía sola frente a un nudo gordiano que no podría romper de un sólo tajo. Dudó por un instante… ¿y si perdía?, inmediatamente suprimió esos pensamientos para concentrarse en la asamblea que estaba a punto de iniciar. Parecía que el corazón se le saldría del pecho, sentía la excitación y expectativa del combate y anticipaba ya sea euforia o desconsuelo, que vendrían con el triunfo o la derrota. Hizo un recuento mental de los últimos detalles, respiró profundamente, cruzó por los escombros, y hablando con firmeza y convicción, sacudió de nueva cuenta a un partido político en la ruina.

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