El Dr. Patroclo Guamperini, jefe del laboratorio de criminología de la ciudad de México, estaba caminando en la playa de Ixtapa, el sol del ocaso apenas tocaba la línea del horizonte, era un gran disco naranja que a esa hora no quemaba ni deslumbraba, solo daba los primeros toques de colores pastel a las nubes, el cielo y el mar. Despreocupado mientras sentía la frescura de las olas que normalmente le llegaban a los tobillos, pero que en ocasiones lo obligaban a correr hacia atrás para no mojarse la ropa, el Dr. dejó su mente divagar, pensaba en la vastedad del océano, observaba las olas borrando las huellas que dejaba en la arena, veía a los pelicanos en vuelo rasante buscando su último alimento del día, observaba el rastro que dejaban en la arena los cangrejos y sentía la brisa que lo despeinaba. De pronto tomó conciencia de una botella que las olas llevaban tierra adentro y la resaca regresaba rumbo al mar dejándola medio enterrada en la arena. Al acercarse se dio cuenta de que parecía haber una nota dentro de la botella. Siendo experto en criminología, se quitó la camiseta para poder tomarla sin imprimir sus propias huellas en el vidrio. La botella no estaba muy bien hecha ni tenía marcas o etiquetas que la identificaran. Su imaginación se echó a andar inmediatamente, ¿sería antigua o moderna?, ¿sería de un pirata del siglo XVI, de un infante de marina perdido durante la segunda guerra mundial o de un naufrago aun vivo?, ¿vendría, acaso, de algún niño desde el otro lado del mundo esperando respuesta de quién la encontrara?, ¿sería una solicitud de auxilio o tendría instrucciones para localizar un tesoro enterrado? Con gran excitación llegó a su cuarto en el hotel, quitó el tapón con cuidado para no contaminar la evidencia, usando pinzas para las cejas sacó el papel y lo estiró sin tocarlo con las manos. Con gran asombro leyó:
Patroclo:
Te mando esta nota porque no contestas mis llamadas telefónicas, ni los mensajes por celular, correo electrónico, Messenger, facebook o twitter. Espero que estés disfrutando de tus vacaciones. No se te olvide comer verduras, lavarte los dientes y hacer tu tarea antes de regresar a casa, acuérdate de que tienes que ir a la escuela al día siguiente. Y, por favor, ahora sí, contéstame o te atienes a las consecuencias.
Abrazos, besos y mucho cariño,
Tu Mamá
No lo podía creer, ¿Cómo le harán las mamás para saber lo que pasa a cientos de kilómetros de distancia?, y ¿Cómo le hizo para que le llegara este mensaje?
El Dr. Guamperini se había propuesto tener vacaciones apartado del mundo. Había dejado la Blackberry en casa, había desconectado el teléfono, no había tocado una computadora, no había leído periódico alguno ni había visto televisión desde su llegada a Ixtapa, pero ni modo, ante un ultimátum como éste tendría que suspender su aislamiento y llamar a casa. Una vez cumplido su deber familiar decidió regresar a la playa. Ya no quedaba luz de día así que se sentó en la arena a observar las constelaciones en el cielo, de pronto una ola dejó algo junto a sus pies. No lo podía creer, otra botella con mensaje. ¿Se trataría de una broma?, esta vez no se molestó en seguir el protocolo, simplemente la destapó y comenzó a leer:
Estimado Dr. Guamperini:
Su mamá nos informó que ésta sería la única manera de comunicarnos con Ud. Disculpe que lo distraigamos en sus vacaciones pero ha desaparecido una importante pieza y nos urge su presencia. Adjunto a esta nota encontrará su pasaporte y su visa. Hemos enviado un avión a recogerlo, el piloto lo espera en el aeropuerto.
Atentamente,
TheMetropolitan Museum of Art
New York, NY
Efectivamente, ahí estaban su pasaporte y su visa, pero tuvo que romper la botella para sacarlos sin que se dañaran. No podía evitar preguntarse cómo los habrían metido, pero a estas alturas ya nada le parecía extraño ni imposible.
Empacó a toda prisa y tomó un taxi. Al llegar al aeropuerto se empezó a preguntar si estaría despierto, esto era demasiado, lo recibió el Chonte, cuarto en el orden de bateo de los Chamucos de Infiernillo, un equipo de beisbol contra el que había jugado recientemente.
- “Hola, Patroclo, tengo instrucciones de llevarte a Nueva York”, dijo el Chonte.
- “¿Tú?”, dijo con asombro el doctor, “¿De cuándo acá manejas avión?”.
- “Pues así como la ves, tengo licencia.”
- “Enséñamela o no me subo.”
- “Aquí está, con fotografía y todo.”
-“Ni hablar, vámonos, que no hay tiempo que perder.”
Subieron al avión y cuando estaban por arrancar, el Dr. preguntó “¿Ya revisaste el avión?”, “De veras, espérame un segundo”, Chonte se bajó, le dio un par de patadas a cada llanta, se volvió a subir y dijo “todo en orden, ahora sí, vámonos”. Preocupado, el Dr. preguntó “¿No vas a verificar con una lista?”, “No, todo lo tengo en la memoria” y antes de que el Dr. pudiera protestar, estaban despegando.
Una media hora después de despegar Chonte dijo “Patroclo, saca el mapa de navegación que está en el hueco junto a la portezuela”
- “Aquí no hay nada”
- “Debe estar en mi portafolios que está en el asiento de atrás”. El Dr. se pasó para atrás, abrió el portafolios y no encontró los mapas.
- “¡Qué suerte!”, dijo el Chonte, “no vamos a necesitar los mapas porque acabo de comprar un aparato GPS para mi carro, debe estar por ahí”
- “Aquí está, dice que estamos en un camino de terracería, que demos vuelta en U para tomar la carretera a ciudad Altamirano y luego a Toluca”
- “Uy no, nos va a querer llevar por Atlacomulco a Querétaro y de pueblo en pueblo a Nuevo Laredo. Saca el iPad y busca en Google maps, mientras vayamos en tierra no hay problema. El GPS nos va diciendo donde andamos y así nos vamos a Tampico. Solo verifica dónde estamos y no le hagas caso a las instrucciones”
- “¿Y después, vas a seguir la costa?”,
- “No, cruzamos el Golfo rumbo a Nueva Orleans, no hay problema”
- “Eran otros tiempos, mira, Tampico está más o menos sobre el Trópico de Cáncer, que son unos 23 grados norte, Nueva Orleans está prácticamente al noreste y en el meridiano 100 grados oeste. Con el GPS y la brújula nos aseguramos de ir siempre al noreste, quedándonos al oeste de los 100 grados. Si nos vamos demasiado al norte, llegamos a la costa y la seguimos a Nueva Orleans, si vamos sobre el mar y llegamos a los 100 grados oeste, agarramos rumbo al norte y llegamos también, no hay pierde”
- “Entonces, ¿por qué hay tanto idiota que se queda en el mar”
- “Tú lo dijiste, no yo. Y como aquí no hay idiotas, acomódate en el asiento y disfruta el viaje. Bueno, no demasiado, porque eres el navegante”
- “Los que me preocupan son los idiotas que no se dan cuenta de sus limitaciones, ¿no habrá alguno de esos en este avión?”
- “¿Cuál es el problema?, en Wikipedia puedes sacar las coordenadas exactas de Tampico y de Nueva Orleans. Trazas una línea recta, marcas los puntos intermedios y vas verificando que los pasemos de uno en uno”
- “Esto es la locura, un GPS para automóvil, mapas de internet, información de Wikipedia y un criminólogo de navegante”
- “Bienvenido a la modernidad, Dr., hay que mantenerse actualizado. A todo esto, ¿dónde andamos?”
- “Ya vamos sobre el mar”
- “Y, ¿qué dice el GPS?”
- “Que más vale que vayamos en el transbordador”
- “Ahora sí, mucho cuidado, si llegamos a la costa, la seguimos, si llegamos al meridiano 100 grados oeste, nos vamos directo al norte”.
Muy preocupado, prefiriendo no mirar hacia afuera donde solo había mar y cielo, el doctor se concentró en seguir la ruta con el GPS. Mientras tanto Chonte seguía tan tranquilo, tarareando toda clase de canciones. Después de lo que al doctor le pareció una eternidad, repentinamente un avión pasó cerca de ellos haciéndolos brincar es sus asientos. Ambos vieron por las ventanillas y se dieron cuenta de que tenían aviones militares a ambos lados. Chonte se quitó los audífonos del iPod en que venía escuchando música y se puso los de la radio del avión.
-“Chonte” escuchó por la radio “este es el coronel Rushmore. Hemos estado tratando de hacer contacto contigo, tengo instrucciones de llevar al doctor a Nueva York”
- “Mucho gusto, coronel. Disculpe, parece que mi aparato de radio tenía algún desperfecto, ahora lo escucho muy bien”
- “El único desperfecto es que estabas oyendo canciones en el iPod” dijo fuera de la radio el doctor
- “Todo estará bien mientras ellos no se enteren” le contestó Chonte
- “Chonte”, volvió a oír por la radio, “no hay tiempo para aterrizar en Nueva Orleans. Vamos a pasar al doctor a mi avión en el aire, ¿sabes hacer esta maniobra?”
- “No, y este avión no está equipado para eso”
- “Admiral va a abordar tu avión para traer al doctor para acá”
Antes de que el doctor pudiera objetar y de que Chonte pudiera preguntar quién era Admiral y cómo iba a abordar, apareció un ganso con gorra de piloto, gogles y una bufanda, haciendo señas para que le permitieran entrar por la puerta de pasajeros. La puerta era de bisagra y el viento no permitió que se abriera, así que Admiral entró por la ventanilla. “No se preocupe doctor, aunque es complicado en un avión como éste, la maniobra es bastante segura. Chonte, mantén el avión estable, nosotros nos encargamos de los demás”. Un avión Hércules de alineó frente a ellos y sacó un cable que se fue alargando hasta llegar a su avión. Antes de que el doctor pudiera objetar, Admiral le había puesto un arnés al doctor y lo había enganchado al cable. Admiral sacó al doctor por la ventanilla. El doctor, aterrorizado, sentía que el viento lo arrancaba el arnés, miraba el mar allá abajo y pensaba que seguramente este sería el último día sobre de la tierra. El doctor vio pasar su vida en un instante, todo le pareció trivial, que importancia tendrían en ese momento las verduras, las tareas y hasta los casos que había resuelto, si probablemente no viviría para contar esta aventura.

Mientras el doctor permanecía colgado, Admiral le dijo a Chonte que le pasarían combustible para que pudiera regresar sin aterrizar en Nueva Orleans, con lo que se ahorrarían los trámites de migración y aduana en ese puerto de entrada a los Estados Unidos. Sin esperar respuesta, Admiral salió por la ventanilla, tomó una manguera del Hércules y, mientras halaban al doctor, cargó gasolina en el avión de Chonte. Repentinamente, una turbulencia sacudió al doctor haciendo que el cable que lo sostenía se enredara con la manguera del combustible. Si la manguera se rompía volarían todos en pedazos. Sin tiempo para pensarlo, Admiral cortó el suministro de combustible, tomó los pies del doctor y abrió las alas. El doctor sintió que Admiral le arrancaba las piernas, luego comenzó a girar alrededor de la manguera, con lo que el cable se fue desenredando hasta que volvió a quedar libre. El Coronel Rushmore ordenó que se dejara de suministrar combustible hasta que el doctor estuviera seguro en el Hércules. Muy lentamente fueron halando al doctor hasta que estuvo seguro dentro del avión. Toda la tripulación lo felicitó por su valentía. “¿Cuál valentía?” dijo el doctor, “si no dije nada fue porque estaba paralizado del miedo. Llévenme de inmediato a tierra, bastante susto tuve volando con el Chonte, que ni verificó el avión ni tiene los mapas. Está loco, vuela como si fuera un juego de computadora, no sé ni cómo llegamos hasta aquí”. “Bueno,” dijo el coronel, “no había otro, y a decir verdad, además de ahorrar tiempo, esta maniobra tiene el propósito de evitar que Chonte entre en espacio con tráfico aéreo porque sería más peligroso que un chofer de microbús en el paradero de Indios Verdes”. “A buenas horas me lo dice. De haber sabido, no me subo con él”. “Por eso no se lo dijimos”, dio el coronel, “disculpe doctor, pero este es un asunto de prioridad nacional. Tenemos instrucción de hacerlo llegar a Nueva York lo más pronto posible. Eso significa que tenemos que pasarlo a un avión más rápido que éste”
- Coronel, ¿Aterrizaremos para cambiar de avión?
- Desde luego que no, doctor, aquí está el otro avión. Súbase para lanzarlo desde aquí
- Eso sí que no. Ni loco permito que me lance en un avión desde aquí
- No se preocupe, doctor, solo tenemos que abrir la compuerta trasera, dejamos caer el avión y continua su vuelo. Esta es una maniobra de rutina.
- ¿Cómo la de bajarme y cargar combustible al mismo tiempo?
Mientras el doctor protestaba, lo subieron a un avión pequeño, le pusieron el cinturón y lo lanzaron par la cola del Hércules. El doctor se tapaba los ojos para no ver la maniobra. Sintió que caía y luego una fuerte aceleración hasta que se dio cuenta de que estaba volando sin problema. Se quitó las manos de los ojos y vio al piloto “Esto no puede ser”, pensó el doctor. “Hola Patroclo” le dijo el piloto “¿te acuerdas de mí?”. “Cómo no me voy a acordar, si casi me dejas embarrado en la arena cuando te saqué out en home”, era el Mandril, otro beisbolista de los Chamucos de Infiernillo. En la última jugada del partido, el Mandril había hecho un pisa y corre en tercera base buscando la carrera del empate, pero el doctor, que jugaba de cátcher en los Querubines de San Angel, recibió la pelota a tiempo y aunque el Mandril se lo llevó con tremenda barrida, mantuvo la bola en su poder para sacar el tercer out de la parte baja de la novena entrada. “¿También eres piloto?” preguntó el doctor. “Efectivamente, estudié en la Academia de la Fuerza Aérea”. “Supongo que tendrás mapas y sistemas de navegación en orden, no como el Chonte”. “¡Ese Chonte!”, dijo el Mandril, “está vivo de milagro. No te preocupes, esto es cosa seria, todo está en orden, el plan de vuelo está perfectamente trazado, estaremos aterrizando en la Base Aérea McGuire a las 17:37 horas. Me han asignado para colaborar contigo en el caso, junto a tu asiento está el archivo. La licenciada Pigarreta, curadora del Museo, nos estará esperando en la Base para discutirlo en camino al Museo. Como te digo, todo está en orden, puedes estudiar el archivo con tranquilidad”.
El doctor se sintió muy aliviado de ir en un vuelo ordenado. Comenzó a leer el archivo, se trataba de “William”, nombre con el que se conoce a una figura loza de barro de unos 11 centímetros de alto que representa a un hipopótamo adornado con flores de loto y otras plantas de la ciénaga en que habitan estos animales. Esta pieza fue encontrada en una cámara fúnebre de la 12ª dinastía del antiguo Egipto, probablemente elaborada entre los años 1981 y 1885 antes de Cristo y forma parte de la colección del Museo desde 1917. Esta figura es de particular importancia porque se ha convertido en la mascota no-oficial del Museo y es muy popular entre los visitantes.
El Doctor Guamperini quedó impactado, William era una de sus piezas favoritas “¡no puede ser… William desaparecido!” se dijo a sí mismo en voz alta. “Desgraciadamente, así es”, contestó el Mandril, “yo tengo una réplica de William en mi librero”. Este sería un caso especial para ambos y pondrían todo su empeño en recuperarla.
El vuelo continuó sin incidente mientras el doctor seguía estudiando el expediente y comentando algunos detalles con el Mandril. Aterrizaron puntuales, exactamente a las 17 horas 37 minutos en base McGuire, cerca de Trenton, Nueva Jersey. La licenciada Pigarreta los estaba esperando para llevarlos en helicóptero directo al Museo Metropolitano de Arte en la ciudad de Nueva York. Durante el trayecto, la licenciada les fue explicando que, como indicaba el expediente, la figura se encontraba en la sala 111 de la colección egipcia y que, hacía un par de días, al hacer la inspección de rutina, antes de abrir el museo en la mañana, se dieron cuenta que faltaba esta valiosa pieza. La policía no había encontrado señas de que alguien hubiera entrado o salido del museo. Solo habían encontrado movida la vitrina del mueble en que estaba William y raspaduras de barro en el mueble y el piso.
“Interesante”, dijo el doctor en voz baja, “si yo fuera un hipopótamo de barro, ¿dónde me escondería?”. “¿Dijo algo, doctor?”, preguntó la licenciada. “Estaba pensando que si nadie ha entrado o salido, quizá todavía se encuentre dentro del museo. Tendremos que volver a revisar la escena del crimen cuidadosamente”.
Al llegar al Museo, el doctor pidió que todo mundo saliera y que se sellaran todas las entradas y salidas. Hasta nuevo aviso, solo él entraría al museo para recabar evidencia. El día había sido muy pesado y el doctor necesitaba descansar, habiendo dejado las cosas en orden, prefirió retirarse para hacer la primera inspección de la escena por la mañana.
Al día siguiente muy temprano, el doctor fue al Museo. Primero entró solo para evitar cualquier contaminación. Fue directo a la sala 111 donde pudo verificar que la vitrina estaba movida y vio los residuos de barro en el piso. Tomó una muestra de los residuos y la guardó para analizarla en el laboratorio. Trató de seguir el rastro de polvo de barro pero éste desapareció después de un tramo corto. Siguió revisando la sala para tratar de ver si habría algún lugar en el que pudiera estar el hipopótamo. Luego pasó a las salas contiguas para seguir su investigación y así prosiguió hasta que volvió a salir a la calle. Ahí se encontró con la licenciada Pigarreta y el Mandril, les pidió que pasaran con él a la oficina para revisar los planos del Museo en busca de algún lugar en el que pudiera estar la pieza desaparecida y pidió que un equipo de búsqueda y rescate revisara todas las vitrinas, gavetas, bodegas y cualquier hueco en el que cupiera William. Todo esto se platica rápido pero para cuando terminó con la inspección preliminar y las instrucciones, ya era hora de ir a casa.
El Mandril tenía boletos para el juego de Beisbol en el nuevo Yankee Stadium. En el camino, el doctor iba muy emocionado cantando “Take me out to the ball game”. Su equipo favorito, los Medias Rojas de Boston se enfrentaría a los Yankees. Estaba seguro de que los Medias Rojas ganarían, no lo podían decepcionar, después de todo, había dejado sus vacaciones en Ixtapa, había arriesgado su vida volando con El Chonte, se había pasado en vuelo de un avión a otro y había despegado del segundo avión en pleno vuelo. Seguramente los Medias Rojas ganarían esta noche así perdieran todos los juegos del resto de la temporada. Con esa certeza le dijo al Mandril “los Yankees no tienen oportunidad, están más desorganizados que el famoso dialogo de Abbott yCostello ‘Quién está en primera base, Qué está en segunda base, No Se está en tercerabase’ ”. Tranquilamente, el Mandril respondió “ya veremos”. Tim Wakefield abriría por Boston y AJ Burnett por los Yankees. “Wakefield está viejo pero sigue fuerte y Burnett no ha estado muy bien desde que llegó a los Yankees. Esta noche será de Boston, seguro, te apuesto la cena”. El Mandril solo dijo “Mira, mejor cómete tus cacahuates y no andes de hablador, el juego ni ha comenzado, pero acepto la apuesta”. En la primera entrada Boston se colocó adelante con un cuadrangular de Ellsbury. El doctor estaba feliz “buen comienzo, muchachos, así se hace” gritaba. Las siguientes entradas se la pasó gritando “¡qué le pasa!, está ciego, esa fue una bola” o “ponchado, bien muchachos, bien”. Aunque Boston no había hecho gran cosa a la ofensiva, Wakefield había mantenido controlados a los Yankees y en la quita, Ellsburry volvió a sacar la bola del parque para colocar a Boston arriba por 2 – 0. “Eso es” gritaba el doctor, “denle duro a estos maletas”. En la parte baja de la 6ª entrada, es Jorge Posada de los Yankees quien saca la bola del parque con dos hombres en base. Nueva York se coloca adelante 3 - 2. “Vamos Boston”, gritó el doctor, “ahora es cuando”. En la parte alta de la 7ª Burnette recibe un par de hits pero no hay más daño por parte del bateo de Boston. En la parte baja sale un nuevo pitcher para Boston al que le meten tremenda paliza, dejando el marcador 6 a 2 a favor de los Yankees. En la octava sigue Burnette en el montículo sin aceptar más carreras de Boston, y en la novena sale Mariano Rivera por Nueva York para retirar en orden a los bateadores de Boston y darle fin al encuentro. “No puede ser” decía el doctor, “tan bien que iban. Francona debió haber sacado a Wakefield después de la quinta entrada y ¿cómo mete a un relevista tan malo?”. “Ni hablar, doctor, así es el beisbol, será la próxima, hoy pagas la cena”. Aunque le dolió la derrota de su equipo y la humillación de pagar la cena, había disfrutado del juego y la compañía del Mandril así que se fue tranquilo a descansar para prepararse para el siguiente día de trabajo.
A la mañana siguiente, el doctor, el Mandril y la licenciada se reunieron en la cafetería del Museo. Después de comentar el juego, sacaron los reportes de avance de la investigación. El equipo de búsqueda y rescate había peinado hasta el último rincón del Museo sin éxito y el reporte de laboratorio indicaba que el polvo recabado en la sala 111 no era antiguo pero correspondía a la restauración que se había hecho de tres de las cuatro patas de William (como se puede apreciar en la fotografía). “Esto es muy extraño”, dijo el doctor, “tendremos que revisar la parte exterior del mueso, espero que los reporteros y curiosos no hayan contaminado demasiado la escena. Acordonaron la zona del rededor del Mueso para evitar que la gente pudiera seguir borrando la evidencia. Al revisar el exterior del edificio volvieron a encontrar polvo de barro en una pared, justo debajo de un ducto de ventilación. Observaron el piso y vieron huellas de pequeñas pisadas. El doctor tomó fotografías del lugar, recolectó polvo para el laboratorio e hizo moldes de las huellas del piso. Las huellas iban en dirección de Central Park pero se perdían al llegar a los caminos de piso sólido. El doctor sugirió que trajeran a Chompi con el perro Spike para seguir el rastro, solicitud que la licenciada rechazó rotundamente, “no podemos permitir que ese perro se acerque al Museo”, dijo, “imagínense lo que sucedería si nos hace un destrozo como el que le hizo al Sr. Ludovico. No, no, no, no, no, de ninguna manera. Si Spike entra a la Ciudad de Nueva York, lo mando arrestar porque es un verdadero peligro para la seguridad nacional”. En eso andaban cuando vieron huellas que iban rumbo al lago.
Después de varios infructuosos intentos de comunicarse con los animales, decidieron dejarle el trabajo a Admiral, quién recorrió el parque con la fotografía de William preguntando a las ardillas, mapaches, ranas, culebras y demás animales que viven en el parque si lo habían visto. Pronto averiguó que William salía del museo todas las noches por un ducto de ventilación, se metía al lago y comía hierbas en la orilla. Seguido platicaba con los animales del parque, decía que hacía mucho calor en su vitrina y que se pasaba el día inmóvil mientras la gente lo veía, diciendo “¡ay, qué lindo!”. Se consideraba a sí mismo un hipopótamo del Nilo, donde la gente lo respetaba y le temía y no le gustaba que aquí en Manhattan lo vieran como un muñequito simpático. Hace unos días lo habían visto hablando con un hombre joven. La noche en que William desapareció, la misma persona había estado esperando a que William saliera por el ducto de ventilación para llevárselo a toda prisa en un automóvil.
La situación era delicada, todo parecía indicar que William había sido secuestrado. El doctor le pidió a la licenciada que permitiera la intervención de sus teléfonos, incluyendo su celular, para poder escuchar en caso de que el secuestrador llamara para pedir rescate. La licenciada se comunicó con la abuelita de Chompi Investigador, experta en manejo de crisis, para definir una estrategia para este caso. Evidentemente, la prensa ya sabía que había un problema importante en el Museo y la licenciada tendría que hacer una declaración en las próximas horas. Siguiendo las recomendaciones de la abuelita, la licenciada Pigarreta convocó a una conferencia de prensa en la que informó sobre la desaparición de William y explicó que debido que se trataba de una investigación en proceso, por el momento no podría dar más información sobre el motivo de la desaparición ni sobre la localización de William. Indicó también que ella sería la única persona autorizada a hacer declaraciones oficiales a la prensa y que convocaría conferencias de prensa cuando tuviera información sólida que ofrecer; y, finamente, solicitó la ayuda del público para localizar a William. Cualquier información podría enviarse por teléfono o a las cuentas de correo electrónico, facebook y twitter con el dominio @findWilliam.org
La información comenzó a llegar inmediatamente. Gente de todo el mundo aseguraba haber visto a William y mandaban numerosas fotografías. Este era un problema serio, a lo largo de los años, el Museo había vendido miles de réplicas de William por todo el mundo. Aunque era fácil distinguir una réplica del original porque al original tenía tres patas reparadas y las réplicas mostraban las cuatro patas en su condición original, para los informantes sería muy difícil determinar cuál de las dos estaban viendo. El ladrón podría tener escondido a William a plena vista sin ser detectado.
Tampoco tardó en desatarse la especulación en la prensa y en las redes sociales: que si se lo habían robado y estaba en una colección privada; que si lo habían secuestrado y pedían rescate por él; que si era un acto terrorista; que si el Museo lo había escondido para hacerse publicidad; que si era fraude para cobrar el seguro; y demás historias que se le ocurría a la gente. Pero para el doctor Guamperini cada una de las conjeturas de la prensa representaba una línea de investigación, el trabajo apenas comenzaba. Había pasado demasiado tiempo desde la desaparición de William, tenía la esperanza de que el secuestrador estuviera cerca para solicitar el rescate, pero bien sabía que para este momento William podía estar muy lejos de Nueva York. De inmediato comenzó a organizar a su equipo de trabajo: el Mueso recibiría la información que llegara por teléfono, correo electrónico y las redes sociales; La policía local analizaría la información, coordinaría con las policías de otras localidades y vigilaría las calles; la policía federal se encargaría de coordinar la búsqueda a nivel nacional y de las terminales aéreas, marítimas, de ferrocarril y de autobús; el Mandril haría el trabajo investigación en las calles; y él se encargaría de analizar toda evidencia.
Por recomendación de la abuelita, la licenciada Pigarreta se reunió con las piezas de la sala 111 para averiguar por qué se salía todas las noches al parque. Los compañeros le explicaron que William era buen muchacho, que no tenía malas intenciones, el problema era que llevaba demasiados años quedándose inmóvil todo el día y que extrañaba el agua. “Pero si aquí hay muchas fuentes en las que podía bañarse”, comentó la licenciada. “Al principio le pareció suficiente, pero comenzó a extrañar el agua sucia, el lodo y la hierbas de la orilla, y los hipopótamos no piden permiso, simplemente se adueñan de un territorio hasta que los corren de ahí”, le respondieron. Si lograban salir de ésta, la licenciada tendría una conversación muy seria con William, pero por ahora lo importante era encontrarlo en buen estado. Para ella, por el momento no habría más que hacer que esperar la llamada de los secuestradores pidiendo el rescate.
Al examinar los videos de las cámaras de vigilancia de la zona, el doctor y el Mandril pudieron identificar el automóvil en que se habían llevado a William, pero no habían podido identificar al sujeto que se lo llevó. Se trataba de un auto rentado en el Aeropuerto JFK y pagado con una tarjeta de crédito a nombre de William. Extrañado, el doctor le preguntó a la licenciada Pigarreta si William podría tener tarjetas de crédito. Ella le explico que William llevaba más de noventa años trabajando en el Museo, que todo este tiempo había contado con casa y alimentación, que además había estado ganando regalías por la venta de toda clase de objetos con su imagen y que no tenía más gastos, así que había amasado una gran fortuna en todo este tiempo. “Entonces será inútil esperar la llamada de rescate. Seguramente se lo llevaron para quitarle su dinero”, dijo el doctor. La licenciada sugirió que congelaran las cuentas de banco de William, pero el doctor se opuso ya que esta sería la única razón por la que el secuestrador mantendría vivo a William. Además esto les permitiría conocer los lugares en que se usara la tarjeta y así podrían localizarlo con mayor facilidad.
Con la ayuda del departamento jurídico del Museo, el doctor y la licenciada lograron una orden de intervención a las cuentas de William para que les dieran información de los lugares en que se hicieran compras con la tarjeta. Los registros mostraban que se había sacado dinero de un cajero automático en Manhattan, pero los videos de las cámaras de seguridad no les dieron una buena fotografía del presunto secuestrador. El siguiente cargo en la tarjeta fue un pasaje de avión en primera clase a Miami, Florida.
El doctor y el Mandril regresaron a la base McGuire y volaron directo a la base Homestead, cerca de Miami. La tarjeta de crédito de William había sido usada para rentar un vehículo todo terreno en el aeropuerto de Miami. Revisando los videos de seguridad, el doctor había logrado obtener varias fotografías bastante claras del presunto secuestrador. En algunas de ellas se podía ver a William con lentes oscuros, sacando la cabeza de la bolsa cercana a la solapa del saco. Los testigos dijeron que el sospechoso había sacado a William de la bolsa para que firmara los documentos para la renta del vehículo y que luego lo había vuelto a meter a la bolsa. El doctor se sintió aliviado de saber que William se encontraba con vida y que no parecía que le hubieran hecho daño. El siguiente cargo a la tarjeta había sido para comprar equipo de campismo y víveres, lo que hizo que el doctor pensara que el escondite de los maleantes estaría en el ParqueNacional Everglades, una zona de pantanos donde sería fácil esconderse y mantener prisionero a William mientras iban sacando el dinero de su cuenta del banco. Ahora requeriría la intervención de la guardia del parque para hacer una revisión de los vehículos que entraran y salieran de ahí.
El laboratorio había confirmado que las firmas con las que se habían hecho los cargos a la tarjeta era la de William, pero no habían podido identificar a la persona que lo llevaba en la bolsa del saco. Sin informar la relación que tenía con el caso, La licenciada Pigarreta, que también se había trasladado a Miami, hizo publicar en la prensa y medios electrónicos la fotografía del sospechoso, pidiendo al público que proporcionara cualquier información que permitiera identificarlo o localizarlo. Una vez más, las llamadas y mensajes comenzaron a llegar, la lista de sospechosos fue creciendo y la policía fue eliminando uno tras otro. Sin embargo, un nombre aparecía con insistencia, se trataba de Lonchito Álvarez del Castillo y Alencastre, Duque de Medina Sidonia, un aristócrata aventurero que recientemente había perdido una fortuna especulando con el azúcar. Lonchito tenía fama de tomar posiciones de mucho riesgo en las que podía ganar o perder millones de dólares en una operación. Era un hombre temerario, se decía que con tal de no permitir que le robaran unos zapatos que acababa de comprar, había enfrentado él solo a cinco bandidos en la Huasteca, que los había desarmado y entregado a las autoridades sin siquiera despeinarse. El doctor se preguntaba si sería capaz de secuestrar a William para recuperar el dinero que había perdido en el azúcar.
Los registros del parque indicaban que el vehículo rentado con la tarjeta de William había estado entrando regularmente en los últimos días pero no se podía precisar a qué partes del parque había ido. Inmediatamente se bloquearon todas las entradas y salidas del parque y se organizó un equipo de búsqueda. Si William estaba en el parque lo encontrarían, pero tendrían que tener cuidado para evitar que alguien saliera lastimado en el operativo de rescate.
A la mañana siguiente la administración del parque dio avisó al doctor Guamperini que habían encontrado el vehículo rentado, estaba estacionado a la orilla del camino en la parte más remota del parque. El doctor pidió que vigilaran el vehículo pero que nadie se acercara hasta que él estuviera presente ya que William y el sospechoso podrían estar dentro, o quizá podría tratarse de una trampa. Cuando el doctor llegó al lugar se enteró de que no había habido ningún movimiento en el vehículo desde que lo habían encontrado. Mientras el doctor observaba con sus binoculares le entró otra llamada al celular, era el Mandril, “Buenos días, Patroclo. No me lo vas a creer, estoy frente a un puesto de periódicos, en la portada de la revista Hola aparece una fotografía de Lonchito con el encabezado: El Duque de Medina Sidonia toma unas vacaciones en la Florida. Y en las páginas interiores hay fotografías ‘con su amigo William, popular estrella del Mueso Metropolitano de Arte de la Ciudad de Nueva York.’ El reportaje inclusive identifica al hotel en que se hospedan.”
El doctor llamó al hotel y pidió hablar con Lonchito.
- Habla Lonchito Álvarez del Castillo y Alencastre, Duque de Medina Sidonia.
- Lonchito, le hemos estado buscando. No contestó su celular ni el correo electrónico
- Pues aquí me tiene, doctor, a sus órdenes. Igual que usted, cuando salgo de vacaciones no traigo mi celular ni abro el correo electrónico. Pero me pudo haber enviado un mensaje en una botella. La entrega está garantizada a cualquier playa en que el destinatario se encuentre.
- ¿Así es como me localizaron en Ixtapa?
- Eso no lo sé, pero créame que el servicio es excelente.
- Ya lo creo. El caso es que estamos buscando a William, ¿Está con usted?
- William me pidió que lo recogiera en el Parque Central de Nueva York para traerlo de vacaciones a la Florida. Pero en este momento no está aquí, se fue al Parque Everglades a darse un chapuzón con sus amigos cocodrilos, regresa en la tarde.
- ¿De vacaciones. No había perdido Ud. mucho dinero en el Azucar?
- Sí, pero al día siguiente gané más de lo que había perdido
- Muchas gracias, Lonchito, trataremos de localizar a William en los Everglades. Si usted lo ve antes de que yo lo encuentre, por favor pásele mi número de teléfono para que se comunique conmigo.
- Cómo no, yo se lo paso, doctor, ha sido un placer, adiós.
Buscando en la zona cercana a donde se encontraba el vehículo, el doctor encontró el campamento de William a la orilla de un estanque. “Aquí debe estar”, pensó el doctor, “ahora habrá que esperar a que salga a respirar”. Después de un largo rato, aparecieron las orejas, después los ojos y finalmente la nariz de William. El doctor lo llamó, pero William solo movió las orejas y se volvió a hundir. El doctor decidió que esto era demasiado, él ya había cumplido con encontrar a William, los detalles de su retorno al Museo serían problema de la licenciada Pigarreta, pero le advirtió que no se acercara al agua porque podía haber cocodrilos, tendría que esperar a que William decidiera salir. “Paciencia” pensó la licenciada, y sí que fue necesaria porque William sacaba orejas, ojos y nariz de vez en cuando y meneaba las orejas cada vez que la licenciad trataba de hablar con él. Fue hasta el anochecer que William salió del estanque, se puso sus lentes oscuros, pidió una toalla y se secó tranquilamente. La licenciada lo regañó severamente por haberse ausentado del Museo sin permiso, le dijo que su caso sería presentado ante el Consejo Directivo del Museo para que se impusiera la sanción correspondiente y que además del castigo probablemente le cobrarían los gastos de la movilización que había provocado su desaparición. En su defensa, William explicó que ningún hipopótamo que se respetara a sí mismo pediría permiso para entrar a un estanque ni aceptaría que lo sacaran sin dar pelea. Pero reconoció que había un contrato vigente que debió haber respetado, así que aceptaría las sanciones que le impusiera el Consejo Directivo.
Cuál sería la sorpresa de la licenciada al ver la recepción que recibió William al llegar al aeropuerto JFK de Nueva York. Mediante las redes sociales, la gente de Nueva York le había organizado una gran bienvenida de tal magnitud que el Alcalde Bloomberg no tuvo más alternativa que decretar día festivo y por consejo de la abuelita de Chompi, la Directiva del Museo decidió no imponerle a William más sanción que hacerlo comparecer en una junta de consejo en la que se le reprendió severamente. William, sin embargo, veía con asombro a la multitud que lo ovacionaba, él era un hipopótamo del Nilo, respetado y temido por los egipcios desde tiempo inmemorial y habría estado dispuesto a aceptar el castigo que se le impusiera por su indisciplina, pero para los neoyorkinos no era más que una estrella del espectáculo. La idea de volver a la vitrina del Museo no le agradaba mucho pero la popularidad que había adquirido le permitiría obtener mejores condiciones de trabajo y mayores ingresos en el futuro. Su contrato con el Museo vencía en el 2017 y su agente ya estaba negociando la renovación. Si había pasado casi cuatro mil años en la oscuridad de una cámara mortuoria, después de todo, ¡otros cien años en la vitrina del Museo serían como un paseo en el parque!
Terminada su misión, el doctor Guamperini regresó a la Ciudad de México en un vuelo comercial. Llegó a casa a tiempo para terminar su tarea y acostarse temprano para ir a la escuela al día siguiente. Con la cabeza en la almohada, el doctor repasó en su mente los incidentes de esta aventura que seguramente recordaría por el resto de su vida y después se durmió satisfecho de haber contribuido a conservar una importante pieza del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.