LO QUE NO
ME ENSEÑARON EN LA PRIMARIA
Recientemente vi el video Battlegrounds the Fight to Defend the Free World: A Conversation with H.R. McMaster. No he leído el libro, pero el video me hizo reflexionar
sobre el tema de este artículo, que lleva un tiempo dando vueltas en mi cabeza.
Nací en 1951, cursé la primaria entre 1959 y 1965, secundaria del 66 al 67 y la
prepa del 68 al 70. En esa época, la enseñanza de las ciencias sociales
privilegiaba la memorización. En los exámenes nos preguntaban fechas y nombres
de personajes, lugares, imperios, acontecimientos, dinastías, estados y sus
capitales, ríos, cordilleras, etc. La memorización es necesaria para entender y
analizar la historia, pero no es suficiente para sacar el provecho que a los
niños les puede ofrecer el estudio de la historia, especialmente ante la
polarización de la sociedad en que vivimos.
Entre
las cosas que nadie se molestó en explicarnos es que la evidencia arqueológica
muchas veces nos deja más preguntas que respuestas y que las versiones de la
historia, especialmente las de las guerras, por lo general vienen matizadas por
los prejuicios e intenciones de quien las emite. Para la conquista de México,
por ejemplo, tenemos las versiones de los conquistadores, las de los
conquistados, las de observadores independientes, las oficiales y las que se
nos ocurran, y cada una de ellas nos llega a través de filtros por los que
deliberada o inconscientemente, la ha hecho pasar quien la propone.
Echando
un vistazo al libro de historia para el 6° grado, encuentro cambios importantes
en la manera en que hoy se enseña la historia. Sin embargo, me queda la impresión
de que aunque el libro hace un tímido intento por promover el pensamiento
crítico, prevalece el afán de llenar la cabeza de los niños de información de
lo ocurrido desde la edad de piedra hasta nuestros días; y que aunque promueve
la investigación independiente para compartir entre los compañeros, poco hace
por desarrollar la capacidad de análisis en los niños, habilidad indispensable
para su desarrollo emocional y para la convivencia social.
Nos
dice el general McMaster que conocer la historia no es suficiente para evitar
los errores del pasado, también es necesario entenderla. El general explica
como la arrogancia que la disolución del imperio soviético produjo en la clase
política y en la sociedad de los Estados Unidos los llevó a pensar que serían
una potencia hegemónica intocable por muchos años, y que la posterior
desilusión por la vulnerabilidad que se hizo evidente en el ataque a las torres
gemelas y por su incapacidad para resolver los problemas de Afganistán, los
llevó a pensar que podrían cerrar sus fronteras e ignorar al mundo exterior. Pero
la realidad geopolítica les exige competir con otras potencias y tener
relaciones diplomáticas, comerciales, culturales y estratégicas con el resto
del mundo. El punto fundamental del libro es que es necesario luchar para
conservar la democracia y las libertades a las que estamos acostumbrados,
amenazadas continuamente por el deseo de dominio por parte de regímenes antidemocráticos,
por los cuestionamientos a los que su propia clase política ha sometido a las instituciones
democráticas y por la polarización de una parte importante de la sociedad. Para
los Estados Unidos esta lucha ha significado ir a la guerra, pero también es
necesario desarrollar en su sociedad una cultura más tolerante a la diversidad,
y más orientada a la defensa de los derechos básicos de todas las personas, a
promover la cicatrización de las heridas que les ha dejado su historia y a
brindar mayores oportunidades para los grupos menos favorecidos. Desde luego
que hay diferencias fundamentales entre la situación de Estados Unidos y la
nuestra, pero también hay similitudes, en especial, el papel de la educación en
la lucha por promover la tolerancia y la capacidad para solucionar los
conflictos internos en un ambiente de tolerancia. El estudio de la historia,
entonces, debe estar enfocado al desarrollo de la capacidad de análisis, a la promoción
de una convivencia armónica entre quienes sostienen opiniones diferentes y a
preparar a la niñez para encontrar soluciones adecuadas para los problemas que
les dejaremos y que seguramente serán diferentes a como los imaginamos.
Ante
el porcentaje relativamente alto de estudiantes que abandonan la escuela
después de la primaria, me parece más importante ayudarles a desarrollar
capacidad de análisis y habilidad para discutir civilizadamente los asuntos que
les afectan, que tratar de llenarles la cabeza de información que habrán
olvidado en un 80% antes de que transcurra un año.
Entender
la historia requiere reconocer los patrones que se repiten una y otra vez, las
variantes en estos patrones, el desarrollo y declive de las sociedades, y el
impacto de la tecnología en la evolución histórica. En lugar de convertir el
cerebro de los niños en bases de datos que sólo almacenan información, quizá
podríamos enseñarlos a usar esta información para interpretar la historia, para
reconocer la influencia que ejerce en el presente y para proponer soluciones
aceptables para los grupos e individuos afectadas, con cargas históricas y
culturales particulares. Además de ser más útil, este enfoque resulta mucho más
interesante y, ojalá, más apetecible para que, una vez terminada su preparación
académica, los estudiantes continúen con el estudio crítico de la historia.
Supongo
que tenemos una necesidad genética de triunfar y que por ello convertimos las
discusiones en competencias que muchas veces se radicalizan y ponen a los
participantes en posiciones extremas, en las que se exige la aceptación o
rechazo total de las posturas respectivas y la capitulación incondicional del
oponente. Pero el ser humano también tiene necesidad de convivir en sociedad y
de tener relaciones comerciales, culturales, estratégicas, diplomáticas, y de
otros tipos, con personas y grupos que tienen creencias, organizaciones, formas
de vivir, sistemas políticos, historia, deseos y maneras de pensar diferentes a
las nuestras. Podemos, entonces, cambiar el enfoque de rivalidad competitiva de
una discusión por uno que promueva la convivencia armónica al interior del
grupo y en sus relaciones con los demás. Discusiones en las que se reconozcan
las coincidencias, muchas veces más importantes de las diferencias de opinión,
y que puedan finalizar en un desacuerdo respetuoso.
No
soy experto en educación así que no podría opinar sobre la introducción de
conceptos complejos en las diferentes etapas del aprendizaje, pero ante el
constante bombardeo de información verdadera y falsa, al que estamos sometidos
hoy en día, es necesario preparar a los niños desde temprana edad a tomar
conciencia de sus propios prejuicios, a ser críticos de la información que
reciben y de sus fuentes, a comprobar los hechos antes de aceptarlos como supuesto
de una argumentación, a distinguir entre los hechos y los supuestos, a entender
el impacto que esta distinción tiene en
las conclusiones a las que puede llevar un argumento; y a respetar las creencias,
los anhelos y a quienes no comparten nuestra opinión.
En la primaria me enseñaron a repetir la
versión oficial de la historia sin cuestionarla. En sus hogares y en la
escuela, los niños están expuestos a diferentes opiniones y criterios sobre
decisiones que tienen impacto en sus vidas. Me parece, entonces, que desde los
primeros años de primaria, los niños pueden asimilar la realidad de que hay más
de una versión de la historia y de que su interpretación está sujeta a criterios,
supuestos y prejuicios. Me parece que en lugar de tratar de atiborrar a los
niños con información sobre los detalles de la historia desde la aparición de
los primeros homínidos hasta nuestros días, se les debería enseñar a discutir
las diferentes versiones e interpretaciones de los acontecimientos históricos y
de su impacto inmediato, a largo plazo y en la vida contemporánea. En estas
discusiones, el papel del personal docente sería el de árbitro que vigila la
validez de las premisas, y la civilidad y la secuencia lógica de la argumentación.
Seguramente se cubrirá menos material en un semestre, pero quiero pensar que
los alumnos saldrían mejor preparados para convivir en la diversidad, para
enfrentar las realidades de la vida y para hacer contribuciones más
significativas a la sociedad.
Eduardo
Niño de Rivera
03/01/2021