domingo, 3 de enero de 2021

 

LO QUE NO ME ENSEÑARON EN LA PRIMARIA

 

Recientemente vi el video Battlegrounds the Fight to Defend the Free World: A Conversation with H.R. McMaster. No he leído el libro, pero el video me hizo reflexionar sobre el tema de este artículo, que lleva un tiempo dando vueltas en mi cabeza. Nací en 1951, cursé la primaria entre 1959 y 1965, secundaria del 66 al 67 y la prepa del 68 al 70. En esa época, la enseñanza de las ciencias sociales privilegiaba la memorización. En los exámenes nos preguntaban fechas y nombres de personajes, lugares, imperios, acontecimientos, dinastías, estados y sus capitales, ríos, cordilleras, etc. La memorización es necesaria para entender y analizar la historia, pero no es suficiente para sacar el provecho que a los niños les puede ofrecer el estudio de la historia, especialmente ante la polarización de la sociedad en que vivimos.

 

Entre las cosas que nadie se molestó en explicarnos es que la evidencia arqueológica muchas veces nos deja más preguntas que respuestas y que las versiones de la historia, especialmente las de las guerras, por lo general vienen matizadas por los prejuicios e intenciones de quien las emite. Para la conquista de México, por ejemplo, tenemos las versiones de los conquistadores, las de los conquistados, las de observadores independientes, las oficiales y las que se nos ocurran, y cada una de ellas nos llega a través de filtros por los que deliberada o inconscientemente, la ha hecho pasar quien la propone.

 

Echando un vistazo al libro de historia para el 6° grado, encuentro cambios importantes en la manera en que hoy se enseña la historia. Sin embargo, me queda la impresión de que aunque el libro hace un tímido intento por promover el pensamiento crítico, prevalece el afán de llenar la cabeza de los niños de información de lo ocurrido desde la edad de piedra hasta nuestros días; y que aunque promueve la investigación independiente para compartir entre los compañeros, poco hace por desarrollar la capacidad de análisis en los niños, habilidad indispensable para su desarrollo emocional y para la convivencia social.

 

Nos dice el general McMaster que conocer la historia no es suficiente para evitar los errores del pasado, también es necesario entenderla. El general explica como la arrogancia que la disolución del imperio soviético produjo en la clase política y en la sociedad de los Estados Unidos los llevó a pensar que serían una potencia hegemónica intocable por muchos años, y que la posterior desilusión por la vulnerabilidad que se hizo evidente en el ataque a las torres gemelas y por su incapacidad para resolver los problemas de Afganistán, los llevó a pensar que podrían cerrar sus fronteras e ignorar al mundo exterior. Pero la realidad geopolítica les exige competir con otras potencias y tener relaciones diplomáticas, comerciales, culturales y estratégicas con el resto del mundo. El punto fundamental del libro es que es necesario luchar para conservar la democracia y las libertades a las que estamos acostumbrados, amenazadas continuamente por el deseo de dominio por parte de regímenes antidemocráticos, por los cuestionamientos a los que su propia clase política ha sometido a las instituciones democráticas y por la polarización de una parte importante de la sociedad. Para los Estados Unidos esta lucha ha significado ir a la guerra, pero también es necesario desarrollar en su sociedad una cultura más tolerante a la diversidad, y más orientada a la defensa de los derechos básicos de todas las personas, a promover la cicatrización de las heridas que les ha dejado su historia y a brindar mayores oportunidades para los grupos menos favorecidos. Desde luego que hay diferencias fundamentales entre la situación de Estados Unidos y la nuestra, pero también hay similitudes, en especial, el papel de la educación en la lucha por promover la tolerancia y la capacidad para solucionar los conflictos internos en un ambiente de tolerancia. El estudio de la historia, entonces, debe estar enfocado al desarrollo de la capacidad de análisis, a la promoción de una convivencia armónica entre quienes sostienen opiniones diferentes y a preparar a la niñez para encontrar soluciones adecuadas para los problemas que les dejaremos y que seguramente serán diferentes a como los imaginamos.

 

Ante el porcentaje relativamente alto de estudiantes que abandonan la escuela después de la primaria, me parece más importante ayudarles a desarrollar capacidad de análisis y habilidad para discutir civilizadamente los asuntos que les afectan, que tratar de llenarles la cabeza de información que habrán olvidado en un 80% antes de que transcurra un año.

 

Entender la historia requiere reconocer los patrones que se repiten una y otra vez, las variantes en estos patrones, el desarrollo y declive de las sociedades, y el impacto de la tecnología en la evolución histórica. En lugar de convertir el cerebro de los niños en bases de datos que sólo almacenan información, quizá podríamos enseñarlos a usar esta información para interpretar la historia, para reconocer la influencia que ejerce en el presente y para proponer soluciones aceptables para los grupos e individuos afectadas, con cargas históricas y culturales particulares. Además de ser más útil, este enfoque resulta mucho más interesante y, ojalá, más apetecible para que, una vez terminada su preparación académica, los estudiantes continúen con el estudio crítico de la historia.

 

Supongo que tenemos una necesidad genética de triunfar y que por ello convertimos las discusiones en competencias que muchas veces se radicalizan y ponen a los participantes en posiciones extremas, en las que se exige la aceptación o rechazo total de las posturas respectivas y la capitulación incondicional del oponente. Pero el ser humano también tiene necesidad de convivir en sociedad y de tener relaciones comerciales, culturales, estratégicas, diplomáticas, y de otros tipos, con personas y grupos que tienen creencias, organizaciones, formas de vivir, sistemas políticos, historia, deseos y maneras de pensar diferentes a las nuestras. Podemos, entonces, cambiar el enfoque de rivalidad competitiva de una discusión por uno que promueva la convivencia armónica al interior del grupo y en sus relaciones con los demás. Discusiones en las que se reconozcan las coincidencias, muchas veces más importantes de las diferencias de opinión, y que puedan finalizar en un desacuerdo respetuoso.

 

No soy experto en educación así que no podría opinar sobre la introducción de conceptos complejos en las diferentes etapas del aprendizaje, pero ante el constante bombardeo de información verdadera y falsa, al que estamos sometidos hoy en día, es necesario preparar a los niños desde temprana edad a tomar conciencia de sus propios prejuicios, a ser críticos de la información que reciben y de sus fuentes, a comprobar los hechos antes de aceptarlos como supuesto de una argumentación, a distinguir entre los hechos y los supuestos, a entender  el impacto que esta distinción tiene en las conclusiones a las que puede llevar un argumento; y a respetar las creencias, los anhelos y a quienes no comparten nuestra opinión.

 

 En la primaria me enseñaron a repetir la versión oficial de la historia sin cuestionarla. En sus hogares y en la escuela, los niños están expuestos a diferentes opiniones y criterios sobre decisiones que tienen impacto en sus vidas. Me parece, entonces, que desde los primeros años de primaria, los niños pueden asimilar la realidad de que hay más de una versión de la historia y de que su interpretación está sujeta a criterios, supuestos y prejuicios. Me parece que en lugar de tratar de atiborrar a los niños con información sobre los detalles de la historia desde la aparición de los primeros homínidos hasta nuestros días, se les debería enseñar a discutir las diferentes versiones e interpretaciones de los acontecimientos históricos y de su impacto inmediato, a largo plazo y en la vida contemporánea. En estas discusiones, el papel del personal docente sería el de árbitro que vigila la validez de las premisas, y la civilidad y la secuencia lógica de la argumentación. Seguramente se cubrirá menos material en un semestre, pero quiero pensar que los alumnos saldrían mejor preparados para convivir en la diversidad, para enfrentar las realidades de la vida y para hacer contribuciones más significativas a la sociedad.

 

Eduardo Niño de Rivera

03/01/2021

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