Era un esbelto remo sujetado
Por la mano de simio, que tenía
La apariencia de un tocino chamuscado
Y el traspirar de un remero en
agonía.
Y sucedió que un día
Aquella mano sudada
De piel de pergamino,
De espasmo de tocino,
De húmeda ampolla reventada,
Se resbaló al cuadrar la
empuñadura.
El remo perdió así la compostura
Y se empaló; más con diestro
giro,
Lo liberó la mano del atorón
villano,
Y el remo, rasgándole pellejos a la
mano,
Le chupó la sangre cual vulgar
vampiro
Eduardo Niño de Rivera
(Basado en la obra de Luis G.
Urbina)