En estado de shock por el terremoto que había ocurrido apenas hacía
unos días, sentada frente al edificio que había sido su hogar desde que tenía
memoria, se preguntaba si podría seguir viviendo ahí, si sería posible su
reparación o si de plano habría que demolerlo. Los inquilinos ya habían emigrado
y no se les vería más por ahí. Pero ella era de ahí, éstos eran la casa y el
barrio en que había crecido, no podía imaginar la vida en otro lado.
Miraba el edificio acordonado, lo veía lúgubre y desierto, le hacían
falta esa vitalidad y ese bullicio del pasado. La sacudida había sido tremenda,
vagamente recordaba el terremoto anterior que hoy parecía juego de niños frente
a éste. Su mente daba vueltas sin sentido: no oía a la gente que le expresaba
sus condolencias y le ofrecía ayuda; revivía aquellos momentos de locura; veía
de nuevo como la gente perdía la cabeza y salía despavorida; recordaba el lento
transcurrir del tiempo mientras alrededor, todo caía; luego pensaba en los
heridos y en los muertos, y se sentía verdaderamente afortunada de estar ahí,
viva, viendo todo desde afuera.
No estaba segura si habían pasado horas, días o semanas pero finalmente
había salido de su letargo. Sin una razón que lo explicara, de repente tomó conciencia
de que tenía lo necesario para planear la reconstrucción y de que era hora de
tomar el toro por los cuernos. La tarea no sería fácil, aunque en su momento de
esplendor había sido motivo de elogios internacionales, hoy ya no ofrecía ni
una sobriedad decimonónica ni el glamur del art decó ni una funcionalidad
moderna, hoy no era más que un cascarón feo, obsoleto y disfuncional. Se
preguntaba por qué lo habían dejado deteriorar de esa manera, por qué no habían
aprendido del terremoto anterior.
Comenzó a reunirse con vecinos
para recopilar opiniones y proponer alternativas. En arduas sesiones de trabajo
formularon proyectos viables. Luego vino la frustrante etapa de alcanzar
acuerdos: a veces quería salirse de una junta, a veces quería estrangular a más
de uno, a veces quería abandonarlo todo. Pudo haber colaborado manteniéndose al
margen de la intriga pero un ancestral espíritu de lucha le impedía poner en
manos ajenas su destino. Terminaba exhausta pero a la mañana siguiente, desde
lo más profundo de su ser surgía una fuerza instintiva que la obligaba a
sobreponerse a la adversidad.
A pesar de todo su esfuerzo, no había logrado un consenso, ni siquiera
una mayoría, pero se hizo necesario convocar a una asamblea. Frente a otras
propuestas, algunas descabelladas, otras no tanto, su proyecto proponía
modernizar la estructura, la funcionalidad y la imagen del edificio para promover
una convivencia armónica y recuperar la vitalidad de antaño. Ganar la votación
no sería suficiente, el gran reto sería conseguir apoyo general para
implementar su proyecto sin parches ni componendas. ¿Pero cómo combatir tanta
indolencia? había demasiada dependencia en soluciones desde arriba, demasiada comodidad
sin gran esfuerzo, demasiada confianza en apoyos oficiales, demasiadas añejas
rencillas personales.